1. 1. Primer encuentro

Cuando Kelvin la manda llamar a su despacho, a primera hora de la mañana, Adam sabe que va a tener un mal día.

Kelvin es el jefe del departamento de ingeniería y mecánica de Risk, el taller para naves espaciales en forma de estación espacial en la que Adam trabaja como mecánica, un lugar archiconocido en todas las rutas de transporte espaciales porque se dice que los mejores mecánicos del universo se encuentran allí. Y es cierto: los mecánicos, mecánicas y mecániques de Risk tienen un don para reparar motores y entenderse con las IA que los controlan.

Tras el aviso, Adam deja a medias la tarea que apenas ha tenido tiempo de empezar y se dirige hacia la zona de los despachos. De camino se cruza con Vecca, una de las ingenieras, y la sonrisa maliciosa de su compañera le confirma que ha pasado algo gordo. Vecca es famosa en Risk por enterarse de todos los chismes, y cuando le sonríe a alguien de ese modo es porque conoce algo que la otra persona no.

Adam suspira. Como si no lo supiera ya. El jefe nunca llama a nadie a su despacho. O, mejor dicho, nunca llama a nadie excepto a ella. Y cuando lo hace siempre es para endosarle alguna de esas tareas odiosas de las que nadie quiere hacerse cargo.

Y esta vez no será una excepción.

Gira a la derecha en el corredor principal que distribuye la circulación en la planta de los despachos y se adentra en el pasillo. La puerta de Kelvin es de las primeras, así que no tiene que ir muy lejos. Llama un par veces con los nudillos y luego entra.

Para su sorpresa, descubre que, aparte de Kelvin, hay otra persona en el despacho. O quizás debería decir otro ser, porque no es humano, sino una suivibá.

Las suivibás son esa especie originaria de Ómpia, que casi nadie ha visto en persona y que tienen un aspecto que las hace parecer plantas humanoides: aunque tienen una constitución parecida a la humana, su piel es verde, como de cera, y con algunas callosidades en ciertos puntos que se asemejan a la corteza de los árboles. Por eso muchos las llaman mujeres planta o verdes, en ocasiones de forma un poco despectiva.

Adam mira a la desconocida de arriba abajo, y resulta incluso demasiado grosera; pero la curiosidad la puede. La visitante es muy alta y tiene una forma alargada, como de bailarina, con brazos y piernas infinitos y delgados. Lleva puesto el mono de trabajo gris de la estación, que le queda bastante mal, holgado y corto en muñecas y tobillos, y por el cuello del mismo asoma algo parecido a musgo, que le crece por allí y también en la cabeza, como si fuera una melena rizada y salvaje de la que escapan hojas como tocados.

Uno de esos interminables brazos se alza y Adam se encuentra con que la otra le tiende una mano de cinco dedos, totalmente humana a excepción de su color verde, algo que la sorprende mucho porque le parece recordar que las suivibás tienen manos de tres dedos.

—Hola, soy Ómpia Urbima Jaf, pero puedes llamarme Jaf —dice la suivibá, con un estándar perfecto, exceptuando un leve matiz gutural que ni siquiera puede considerarse acento.

—Yo soy Adam —le responde ella, mientras le devuelve el apretón.

—Mucho gusto.

Tras esa primera evaluación, Adam se fija en que el detalle de los dedos no es el único que diferencia a la recién llegada del resto de las de su especie. Se ha hecho varios cambios estéticos para humanizar sus rasgos: se ha retocado la nariz y la boca para suavizarlas y quitarles ese aspecto agresivo que recuerda al de un murciélago. Además, esconde sus diminutos ojillos de botón detrás de unas gafas de realidad aumentada; porque es conocido en todo el universo que la vista de las suivibás deja mucho que desear. Lo que no se ha manipulado son las orejas, largas y puntiagudas, que asoman entre el musgo de su pelo, dándole un aspecto de duende o de hada de las que aparecen en los libros antiguos y que nadie recuerda ya de dónde han salido.

—Adam, esta es Jaf —informa Kelvin desde su mesa, después de que la suivibá y ella se hayan presentado—. Empieza a trabajar aquí como mecánica y la he puesto en el módulo cinco, en vuestro taller, para que Albin pueda regresar al módulo tres. Así que necesito que alguien le enseñe las instalaciones y la ponga al corriente del funcionamiento de la estación. Ya sabes, las milongas de siempre. Y sé que tú eres la persona ideal para hacerlo. Estoy convencido de que os llevaréis muy bien.

Adam deja caer la mandíbula, en una expresión de estupefacción.

«¿Qué?» está a punto de decir en alto. Pero se contiene en el último instante.

Kelvin acaba de endosarle aquella recién llegada como si fuera un paquete que nadie quiere. Toma. Para ti. Haz con él lo que te parezca. Pero no lo rompas ni lo pierdas.

La mecánica no es conocida en Risk por sus dotes sociales. En realidad, no tiene paciencia para ser maestra y en más de una ocasión ha tenido problemas con los nuevos porque creen que les tiene manía debido a su carácter hosco. Por no hablar de aquella vez que tuvo una discusión con un representante de la distribuidora de herramientas porque le hizo un comentario racista. Pero, de algún modo, Kelvin siempre termina encasquetándole tareas como esta. Quizás porque es demasiado idiota para darse cuenta de que ella no es la persona indicada. O quizás porque con ello lo que quiere es intentar cambiarla.

Adam no sabe cómo negarse, porque la verde necesitaba un guía y la orden viene de un superior. Pero, por otro lado, está harta de ser la chica de los recados de Kelvin. Se encuentra en una encrucijada.

Al final, inspira una gran bocanada de aire y dice:

»Opción 1:

—Bien. Como sea. —Le dirige una mirada a la nueva y se acerca a la puerta—: ¿Nos vamos?

»Opción 2:

—Oye, Kelvin… Es que tengo un poco de trabajo. Quizás podríamos llamar a Kyllikki, que hoy estaba más libre.

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Published by Anna Roldós

Editora y escritora de fantasía y ciencia ficción.

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